Los órganos más importantes del sistema excretor
son los riñones, ubicados a los lados del cuerpo
a la altura de la cintura.
Los riñones se encargan de filtrar la sangre que llega hacia ellos y limpiarla de desechos como
la urea, una sustancia que las células producen
como resultado del procesamiento de las proteínas y
que, cuando se acumula, resulta tóxica. Estas sustancias
tóxicas son recolectadas por unos tubitos dentro del
riñón que juntan, además, el exceso de
agua y de sales que contienen la sangre y envían todo
a través de unos tubos más grandes, llamados uréteres, a la vejiga.
Ese líquido que contiene agua, sales y sustancias de
desecho que llega a la vejiga es ni más ni menos que
la orina, que la vejiga guarda durante un tiempo y
que luego eliminamos.
Eso
es meter presión
Eliminar desechos tóxicos no es la única función
del sistema excretor. Tiene, además, el rol importantísimo
de ayudar a mantener la presión sanguínea
constante, de manera que la sangre circule por todo el
organismo sin problemas. ¿Cómo lo hace? Los
riñones pueden regular la cantidad de agua y sales
que filtran de la sangre y mandan hacia la vejiga. Cuando
la presión sanguínea es demasiado alta, simplemente
eliminan más agua y sales y disminuyen el volumen de
sangre que circula, bajando así la presión.
Y cuando la presión de la sangre es muy baja, hacen
exactamente lo contrario. Los riñones no trabajan solos
en este proceso de control de la presión sanguínea:
es el cerebro quien les envía señales, llamadas hormonas, que les avisan si tienen que ponerse a eliminar
agua y sales como locos o guardar toda el agua y las sales
que puedan.
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